Israel no es el centro del mundo y la política no siempre se rige por sus intereses
Por: Gastón Saidman

En esta última etapa, es natural que nos dejemos llevar por nuestras percepciones y busquemos interpretar los hechos de manera positiva. Sin embargo, la realidad a veces es más cruda, y como dice el dicho: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.
El atentado contra la comunidad judía en el primer día de Hanuka en Australia no es un hecho aislado; los judíos hemos enfrentado persecuciones a lo largo de nuestra historia. Lo que cambia hoy es la forma en que debemos analizar estos sucesos y cómo se relacionan con la política internacional contemporánea.
Nuestro punto de partida es este ataque, pero el enfoque de este artículo será político y social. La nueva estrategia de seguridad nacional de la administración Trump demuestra que Estados Unidos no siempre actúa por afinidad con Israel, sino según sus propios intereses. La pregunta es: ¿Israel está preparado para entender y adaptarse a esta realidad, o seguirá interpretando la política internacional desde una perspectiva de privilegio?
Este artículo es una continuación del anterior, “No es personal, es política. El mapa político actual de Oriente Medio está dividido entre Estados Unidos, Arabia Saudí e Irán, pero ¿dónde está Israel?”. Ahora profundizaremos en los últimos acontecimientos en Medio Oriente, explorando la cultura política regional, su influencia en el contexto internacional y los puntos que Israel podría estar pasando por alto. La intención es mostrar por qué nuestros aliados ya no siempre parecen estar de nuestro lado.
Para entender este cambio de clima internacional, es imprescindible analizar el enfoque de la actual administración estadounidense.
Donald Trump: el presidente con naturaleza de empresario

El joven empresario Donald Trump
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El presidente estadounidense no es un político tradicional ni un diplomático clásico; Trump es un empresario, un hombre de negocios con una trayectoria marcada por victorias económicas y fracasos de los que supo recuperarse gracias a su audacia. Probablemente vea la política internacional como un terreno de inversión: evaluar riesgos, maximizar ganancias y reducir costos.
Durante su campaña, puso siempre primero los intereses de Estados Unidos, con frases como “Let’s Make America Great Again” o “America First”. Es decir, como corresponde a cualquier presidente, su prioridad es su propio país.
En esto se mantiene una continuidad con administraciones anteriores: tanto Obama como Biden buscaban reducir la implicación directa de Estados Unidos en Medio Oriente, aunque siempre protegiendo sus intereses económicos. Trump sigue esta línea, pero con un enfoque mucho más empresarial: busca delegar presencia estratégica a actores regionales que puedan garantizar estabilidad y seguridad, pero con menores gastos.
Si se concreta la idea de una especie de “OTAN de Medio Oriente”, Estados Unidos podría mantener influencia sin tener que invertir tanto en armamento o recursos propios. Desde esta perspectiva, Trump ya no ve a Israel como su único aliado estratégico. Arabia Saudita, Egipto y otros países árabes podrían convertirse en los principales interlocutores, dejando a Israel fuera de esa posición privilegiada que durante décadas creyó inamovible.
La pregunta central para Israel es si comprenderá esta nueva dinámica y se adaptará, o seguirá pensando que los Estados Unidos le garantizarán automáticamente la continuidad de su influencia en la región.
Por qué la nueva estrategia de seguridad de Trump no coloca a Israel como aliado principal

La Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de la administración Trump, publicada el 4 de diciembre de 2025, redefine la política exterior estadounidense bajo la lógica de “America First”, priorizando los intereses económicos y estratégicos de Estados Unidos por sobre compromisos ideológicos o multilaterales. En este marco, el Medio Oriente se considera un “caso resuelto”: Irán debilitado, el proyecto nuclear detenido, la guerra en Gaza terminada y la normalización regional avanzando.
Israel sigue siendo un interés central de seguridad para Estados Unidos, pero ya no ocupa un lugar exclusivo o privilegiado en la agenda estadounidense. La administración busca reducir su involucramiento directo, delegar responsabilidades a aliados regionales (Arabia Saudita, Egipto, los estados del Golfo) y evitar “guerras eternas”. Esto significa que la seguridad de Israel depende en gran medida de su propia capacidad y de la cooperación con otros socios, no solo del respaldo estadounidense.
El mensaje es claro: Estados Unidos protege a Israel mientras no reabra conflictos importantes, al mismo tiempo que fomenta un nuevo equilibrio regional donde varios países comparten la carga de la seguridad y participan en acuerdos políticos, tecnológicos y económicos. Israel tiene una ventana limitada de oportunidad para fortalecer su posición y sacar ventaja de la alianza con Estados Unidos, pero debe adaptarse a una estrategia que prioriza la estabilidad regional y los intereses estadounidenses sobre cualquier expectativa de exclusividad o favoritismo hacia Israel.
En otras palabras, Israel sigue siendo un aliado valioso, pero ya no es el centro de la política estadounidense en Medio Oriente, y su influencia dependerá de cómo maneje esta nueva arquitectura regional y los compromisos compartidos con otros actores clave.
La manipulación del enemigo
El antisemitismo no es un fenómeno nuevo, pero ha sabido adaptarse y expresarse de distintas formas, hasta materializarse en ataques como el reciente atentado en Australia. Como argentino, viví los atentados contra la AMIA y la Embajada de Israel en Buenos Aires. Un atentado, lamentablemente, no es algo nuevo; lo que sí lo es la creciente indiferencia del mundo.
Esa indiferencia aparece en un contexto en el que antiguos aliados comienzan a exigir cambios en la política israelí y a relativizar la alineación histórica de Estados Unidos con Israel. Los actores islámicos radicales comprenden muy bien este cambio y saben utilizarlo a su favor.
Mientras la prensa occidental y parte de la israelí destacan supuestos signos de moderación en Medio Oriente como un nuevo liderazgo en Siria o el debilitamiento de Hezbollah, la realidad regional se rige por otras reglas. Las declaraciones sobre altos el fuego o paz duradera no reflejan una voluntad real, sino una lectura occidental que no se ajusta a la lógica local.
El caso del Líbano es claro: Israel no enfrenta al Estado libanés ni a su sociedad civil, sino a Hezbollah, una organización terrorista que, pese a haber perdido poder electoral, sigue siendo un actor central a través de alianzas parlamentarias. Occidente habla de un Líbano “post-Hezbollah”, pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué está ocurriendo realmente dentro del Parlamento libanés que no se está analizando?
Unión Árabe internacional

Fuente: Parlamento libanes
En otros artículos di ejemplos de cómo el mundo árabe sabe manejar con habilidad a la prensa occidental. Repetir en detalle esas estrategias sería redundante, por lo que aquí nos centraremos en la política actual interna de los países más relevantes de la región, analizando su conducta para identificar tendencias y comprender hacia dónde se orientan sus verdaderas intenciones.
Este juego de doble cara, apoyado muchas veces en la soberbia ingenuidad de Occidente, permite proyectar una imagen moderada de los nuevos actores políticos regionales. Sin embargo, supuestos cambios positivos como el “nuevo liderazgo” en Siria o los malos resultados electorales de los chiitas en el Parlamento libanés no necesariamente significan lo que se intenta comunicar hacia afuera.
Israel, por ejemplo, celebra en parte de su prensa que el nuevo gobierno libanés se oponga a la presencia chiita representada por Hezbollah, y presenta la pérdida de escaños de esta organización terrorista como un avance hacia un futuro de paz. Lo que no se ve, o no se quiere ver, es que el nuevo Parlamento del Líbano está construyendo una plataforma política cuya base se apoya, nada menos, que en alianzas con Hezbollah.
Desde 2019, el Parlamento libanés ha sabido endulzar los oídos occidentales repudiando públicamente la intervención de Hezbollah, mientras que, puertas adentro, se enfoca en fortalecerla mediante pactos políticos. Un ejemplo claro es su alianza con el Partido Socialista Progresista, una fuerza que, al menos por su nombre y tradición, no respondería a ideologías islámicas extremistas, pero que en la práctica funciona como engranaje dentro del mismo esquema de poder.
Al analizar los informes parlamentarios libaneses y, en particular, su relación con Hezbollah, aparece una constante: no existe una voluntad real dentro del sistema político libanés de terminar con esta organización. Incluso en reuniones formales entre ambas partes, realizadas años atrás, queda en evidencia que Hezbollah sigue siendo considerado un actor indispensable del equilibrio interno del país, más allá de cualquier discurso moderado destinado al exterior.
Leer informe completo en árabe aquí
El informe deja en evidencia una distancia clara entre el discurso que el gobierno libanés proyecta hacia Occidente y la lógica política que opera dentro del propio Líbano. Mientras en la prensa occidental se insiste en la idea de un Estado libanés enfrentado a Hezbollah y decidido a limitar su influencia, las declaraciones y reuniones internas muestran una realidad distinta.
En el encuentro descrito, Hezbollah no es tratado como un actor marginal ni como una organización cuya presencia deba ser erradicada, sino como un socio político legítimo. El uso reiterado de expresiones como “nuestros hermanos de Hezbollah”, “reconciliación”, “trabajo conjunto” y “logros compartidos” refleja un lenguaje de integración y legitimación, no de confrontación. La reunión no tuvo como objetivo discutir la salida de Hezbollah del escenario político o militar, sino administrar diferencias para preservar la estabilidad del sistema.
Asimismo, el rol del presidente del Parlamento, Nabih Berri, aparece como el de un mediador aceptado por todas las partes para fortalecer un esquema de cooperación ya existente. Lejos de plantearse una ruptura, se enfatiza la continuidad de una relación “de larga data”, incluso destacando que esta alianza ha servido para evitar conflictos sectarios internos. Esto refuerza la idea de que Hezbollah es considerado un factor de equilibrio dentro del entramado político libanés.
Otro elemento central del informe es la reafirmación de la soberanía nacional y la negativa explícita a recibir “instrucciones de nadie, ni dentro ni fuera”. En la lógica política libanesa, este tipo de afirmaciones no es neutra: suele construirse alrededor de la identificación de un enemigo externo común. En este caso, aunque Israel no sea mencionado de forma directa, el lenguaje de seguridad, soberanía y estabilidad utilizado por ambas partes coincide con la narrativa histórica compartida tanto por el gobierno libanés como por Hezbollah. Lejos de marcar una distancia entre ellos, este consenso refuerza la idea de que Israel sigue siendo percibido internamente como un adversario común.
En este contexto, resulta difícil sostener que el gobierno libanés tenga una voluntad real de expulsar o debilitar a Hezbollah. Por el contrario, el informe muestra que, puertas adentro, Hezbollah es percibido como una fuerza legítima, con la que se negocia, se acuerda y se comparte una visión estratégica básica. La idea de que los conflictos internos del Líbano conducirán al aislamiento de Hezbollah parece responder más a una lectura occidental optimista que a la dinámica política real del país.
Elecciones en Irak, los resultados nos quieren decir algo
Irán y su influencia regional: política, elecciones y seguridad
Primeras milicias Chiitas formándose alrededor de Irak 11 años atrás Fuente: AFP Español
Los recientes desarrollos en Medio Oriente muestran cómo Irán combina diplomacia, apoyo político e ideología para consolidar su influencia. En primer lugar, la relación con Azerbaiyán se refuerza sobre bases culturales, históricas y religiosas, con el objetivo declarado de neutralizar “conspiraciones enemigas” y fortalecer vínculos estratégicos en la región (MNA, 12 de noviembre). Este tipo de alianzas demuestra que Irán no solo actúa a través de acuerdos formales, sino también movilizando la afinidad cultural y religiosa para asegurar estabilidad y cooperación regional.
En Irak, los resultados electorales recientes reflejan una consolidación del poder chiita, con 187 de 329 escaños obtenidos por grupos chiíes, frente a 77 suníes, 56 kurdos y 9 de otras minorías (MNA, 14 de noviembre). Esta mayoría confirma que la influencia iraní, tradicionalmente vinculada a la población chiita, no se limita al respaldo militar o económico, sino que se fortalece también a través de la movilización ideológica y social. La estructura política de Irak primer ministro chií, presidente kurdo y presidente del parlamento suní sigue reproduciendo la lógica histórica de representación sectaria, pero ahora con un predominio claro de los chiitas, lo que facilita la proyección de intereses comunes con Teherán.
Finalmente, la seguridad nacional y las capacidades defensivas de Irán se presentan como no negociables, incluso en medio de tensiones internacionales y ataques directos, como el perpetrado por Israel en junio de 2025 (MNA, 4 de diciembre). Este enfoque muestra que, además de influir en sus vecinos a través de la política y la ideología, Irán mantiene un núcleo estratégico de defensa que le permite sostener su influencia regional desde una posición de fuerza.
En conjunto, estos tres ejemplos alianzas estratégicas, consolidación chiita en Irak y firmeza en seguridad reflejan una estrategia integral iraní: combinar diplomacia, política sectaria e ideología para proyectar poder en Medio Oriente, mientras mantiene un mensaje de soberanía y estabilidad hacia sus aliados y adversarios.
Conclusión
“Quien mira a través de los ojos no ve mucho”. Podemos seguir hablando del nuevo gobierno libanés, felicitándolo por su supuesta postura “anti-Hezbollah”, sin prestar atención a lo que realmente sucede internamente. Podemos decir que hemos debilitado a Irán, pero pasamos por alto que su influencia sigue creciendo en la opinión pública de la región. Y, para cerrar —dejando quizás a la imaginación cómo seguirá esto—, podemos seguir repitiendo que Arabia Saudita está interesada en normalizar relaciones con Israel, pero ¿seguiremos haciéndonos los sordos cada vez que surge la pregunta sobre la causa palestina?
Nuestro querido amigo Sam, como empresario que es, probablemente se moverá según sus propios intereses. Ya lo estamos viendo: su conexión con el príncipe heredero Salman y lo que Arabia Saudita representa en el mundo árabe podría convertirlo en un nuevo aliado estratégico. Al mismo tiempo, otras fuerzas continúan avanzando contra el Estado de Israel, y nuestra ilusión de que la narrativa de la prensa occidental describe un “nuevo Medio Oriente” podría terminar siendo solo otra estrategia del islam radical que nos deje fuera del juego.


