Guerra de Estados Unidos e Israel en Irán-El magnicidio del Líder Supremo Ayatolá Alí Jamenei.
Por: Óscar Álvarez Araya

La guerra de los Estados Unidos e Israel en Irán, intensificada a finales de febrero y comienzos de marzo de 2026, constituye uno de los episodios más trascendentales de la geopolítica contemporánea.
Ocho meses después de “La guerra de los doce días” en junio de 2025, las fuerzas estadounidenses e israelíes han lanzado la operación conjunta “Furia Épica” contra Irán.
A partir del 28 de febrero de 2026, las fuerzas aéreas de Israel y de los Estados Unidos lanzaron una serie de ataques coordinados en Teherán, capital de Irán.
Uno de los principales ataques constituido por unas 30 bombas golpeó el centro donde se reunía el alto mando de Irán, resultando en la muerte del líder supremo de Irán, Alí Jamenei y varios integrantes de su núcleo familiar, además de unos 50 líderes militares de la República Islámica. De esta manera se reactivó el conflicto militar que en junio del año pasado dio lugar a la llamada “Guerra de los doce días”.
Más que un enfrentamiento militar convencional, este conflicto refleja la convergencia de factores estructurales acumulados durante décadas: la naturaleza autoritaria del régimen iraní, su política exterior confrontativa, la percepción de amenaza existencial por parte de Israel y la decisión estratégica de Estados Unidos de debilitar de forma sustantiva a un actor considerado desestabilizador. A ello se suma un elemento clave que no puede ser omitido: la profunda crisis de legitimidad interna de la República Islámica.
Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán ha sido gobernado por un sistema teocrático chií que combina estructuras republicanas formales con un control absoluto del poder por parte del clero. Se trata de un tipo de dominación en el que el islamismo chiita constituye la religión hegemónica. Este modelo político, encabezado por el Líder Supremo, cargo ocupado desde 1989 por el ayatolá Ali Jamenei, ha perdurado durante aproximadamente 47 años.
En términos analíticos, se trata de una teocracia con mecanismos sofisticados de control político, ideológico y militar, donde instituciones como la Guardia Revolucionaria Islámica y el Consejo de Guardianes actúan como pilares del sistema. Además, el régimen durante décadas se ha caracterizado como el principal patrocinador del terrorismo internacional.
El carácter represivo del sistema político y religioso iraní es un elemento central para entender tanto su dinámica interna como su comportamiento externo. Durante décadas, el Estado ha respondido con violencia sistemática a la disidencia. Las protestas del Movimiento Verde en 2009, las manifestaciones socioeconómicas entre 2017 y 2019, y las movilizaciones tras la muerte de Mahsa Amini en 2022 fueron reprimidas con fuerza letal. Miles de iraníes han sido asesinados por fuerzas estatales, ejecutados tras procesos judiciales cuestionados o detenidos en condiciones que violan estándares internacionales. Este patrón no solo revela la naturaleza del sistema, sino que también explica su necesidad de proyectar poder hacia el exterior como mecanismo de cohesión interna frente al descontento social.
En este contexto de fragilidad estructural, la ofensiva militar reciente adquiere una dimensión estratégica singular. La operación liderada conjuntamente por Israel y los Estados Unidos, tuvo como objetivos no solo instalaciones nucleares y militares, sino también la cúpula del régimen.
En esta visión, el régimen iraní no es simplemente un actor estatal adversario, sino un sistema ilegítimo que ha ejercido violencia contra su propia población y que representa una amenaza estructural para la estabilidad regional.
Los objetivos de la ofensiva pueden analizarse en múltiples niveles. En el plano táctico, se ha logrado la eliminación de figuras clave y la degradación de capacidades estratégicas. En el plano operativo, se ha afectado la coordinación interna del régimen. En el plano estratégico, se ha enviado una señal contundente sobre los límites de tolerancia frente al programa nuclear iraní y su proyección regional. No obstante, estos logros no garantizan un desenlace inmediato, ya que los regímenes autoritarios tienden a adaptarse bajo presión y pueden recurrir a mecanismos de supervivencia intensificados.
El papel de Europa ha evolucionado de forma significativa en cuestión de días. Reino Unido, Francia y Alemania han pasado de una postura predominantemente diplomática a una de apoyo estratégico con componentes militares defensivos. Este cambio implica no solo respaldo político a Estados Unidos e Israel, sino también disposición a participar en la defensa activa frente a amenazas iraníes, especialmente en materia de misiles y drones.
Reino Unido ha mostrado un moderado alineamiento, reforzando su presencia militar y participando en la intercepción de amenazas. Francia ha adoptado una postura aún más explícita al declarar su disposición a intervenir militarmente en la defensa de aliados del Golfo. Alemania, aunque tradicionalmente más cauta, ha indicado que también está dispuesta a contribuir a medidas defensivas, reflejando un cambio relevante en su política exterior. Este conjunto de acciones configura una forma de co-beligerancia limitada, centrada en la defensa, la disuasión y el respaldo operativo indirecto. En contraste, España mantiene una postura orientada al multilateralismo y la diplomacia, evitando el uso de sus bases en el conflicto y una implicación militar directa. De hecho el presidente del gobierno Pedro Sánchez se ha posicionado contra la guerra. Trump no está contento con el papel de los gobiernos de Reino Unido y España y anuncia represalias comerciales contra Madrid.
El Golfo Pérsico se ha consolidado como un teatro clave del conflicto. Arabia Saudita, junto con otros Estados del Golfo, ha pasado de una posición cautelosa a una participación indirecta más activa. Irán ha respondido a la ofensiva inicial mediante ataques con misiles y drones contra múltiples países de la región, afectando infraestructuras estratégicas y bases con presencia occidental. Irán ha golpeado bases militares y puntos clave en Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Baréin, Kwait, además de Israel, Jordania y la misma Arabia Saudita.
En este contexto, Arabia Saudita ha interceptado ataques dirigidos contra su territorio, incluyendo intentos de impacto sobre instalaciones energéticas críticas. Este hecho representa un cambio significativo: si bien no lidera acciones ofensivas contra Irán, el reino saudí se ha convertido en un actor directamente implicado en la dinámica del conflicto, evaluando constantemente el equilibrio entre contención y escalada.
Las represalias iraníes también han incluido el uso de actores no estatales aliados como Hezbollah en Beirut, lo que amplía el espectro del conflicto y aumenta el riesgo de regionalización.
La seguridad de rutas marítimas, especialmente en el estrecho de Ormuz, se ha visto comprometida, generando una crisis energética con repercusiones globales. Al cuarto día del conflicto, el régimen de Teherán ha limitado el paso por el estrecho de Ormuz, una ruta por la que pasa el 20% del petróleo internacional, sobre todo hacia destinos en la India y China. El precio del crudo viene subiendo y existe el riesgo de que se eleve hasta $100 dólares el barril.
En el plano internacional, las posturas de China y Rusia reflejan un enfoque pragmático y prudente. China ha condenado los ataques y ha criticado cualquier intento de cambio de régimen por la vía militar, manteniendo su posición en el ámbito diplomático. Se ha posicionado a favor de la paz. Rusia, por su parte, ha evitado una intervención directa, evidenciando límites claros en su disposición a escalar el conflicto frente a Estados Unidos y sus aliados. Para su jefe de estado Vladimir Putin es vital mantener la comunicación y la buena relación con la administración Trump que favorece una solución diplomática al conflicto entre Rusia y Ucrania.
Esta actitud de ambas potencias sugiere que, si bien existe una oposición discursiva a la intervención occidental, no hay una voluntad real de involucrarse militarmente en defensa del régimen iraní. Esto deja a Irán en una posición relativamente aislada en términos de apoyo militar directo, lo que aumenta su vulnerabilidad estratégica.
Las causas del conflicto son múltiples y profundamente interconectadas. Incluyen el programa nuclear iraní, su red de alianzas regionales, la percepción de amenaza por parte de Israel y la estrategia de contención de Estados Unidos. Sin embargo, también incluyen un factor estructural que no puede ser ignorado: la crisis interna de una república islámica que, durante casi medio siglo, ha gobernado mediante la coerción y ha sido responsable de la muerte de miles de sus propios ciudadanos.
La guerra en Irán debe entenderse, por tanto, como una manifestación de tensiones más amplias entre modelos de gobernanza, entre legitimidad interna y presión externa, y entre estabilidad regional y transformación política. El posible debilitamiento o incluso colapso parcial de la cúpula del régimen abre escenarios altamente inciertos, que van desde luchas internas por el poder hasta procesos de transición controlada o desestabilización prolongada. Al parecer, el presidente Trump aspira por lo menos a lidiar con un liderazgo moderado en Teherán.
En última instancia, este conflicto representa un punto de inflexión en la geopolítica global. No solo redefine el equilibrio de poder en Medio Oriente, sino que también plantea interrogantes fundamentales sobre el futuro del orden internacional, el papel de las grandes potencias y la relación entre soberanía estatal y derechos humanos.
El desenlace de la guerra en Irán no dependerá únicamente de la correlación de fuerzas militares, sino también de la capacidad de los actores involucrados para gestionar un escenario donde convergen intereses estratégicos, dinámicas internas y presiones internacionales.
Lo que está en juego no es únicamente el futuro de un régimen, sino la configuración misma del Medio Oriente y del sistema internacional en las próximas décadas. El magnicidio contra el Líder Supremo Ayatolá Alí Jamenei en febrero, anuncia un año 2026 lleno de sorpresas tácticas y estratégicas.
Sobre el Autor:
Óscar Álvarez Araya es un académico, escritor, politólogo y analista internacional


