Líbano en segundo plano: el conflicto olvidado en un Medio Oriente en tensión

Por: Gastón Saidman

Reunión del gobierno libanés sobre el plan estadounidense para desmantelar Hezbollah Fuente: Teherán Times

Como es de costumbre, Medio Oriente mantiene al mundo en vilo con una dinámica que muchas veces parece sacada de una película de acción. Guerras, conflictos y juegos de espionaje que, como he señalado más de una vez, demuestran que en esta región la realidad suele superar a la ficción.

La situación con Irán ha acaparado prácticamente todos los focos de atención en los medios internacionales. Analistas y mercados siguen de cerca cada movimiento: desde la seguridad del espacio aéreo y la posible cancelación de vuelos hasta el comportamiento de las bolsas de valores. Si observamos el principal producto de la región, el petróleo, su precio por barril se ha movido en un rango estrecho, ni por debajo de los 60 dólares ni por encima de los 65, reflejando la incertidumbre de los inversores, que aún no logran prever el rumbo que tomará la crisis. Cada declaración de Donald Trump o del gobierno iraní genera movimientos, aunque limitados, lo que evidencia la cautela de quienes prefieren no realizar inversiones firmes hasta contar con un panorama más claro.

Sin embargo, no es prudente apartar la mirada de otras zonas igualmente delicadas, como el Líbano. El país continúa lidiando con la tensión en su frontera sur con Israel y con una compleja situación política interna marcada por el desafío que representa Hezbolá, un actor sobre el cual el Estado libanés no parece ejercer un control efectivo. Esta realidad no solo impacta en su relación con Israel, sino también en su frontera con Siria.

El Líbano se encuentra atrapado en un juego peligroso a dos puntas y, para comprender el conflicto actual en Medio Oriente, resulta imprescindible no pasar por alto sus problemas internos. Precisamente, ese será el eje central del presente artículo.

El acuerdo con Israel se basará en las siguientes fases:


Fase 1: El Gobierno del Líbano se compromete a desarmar a Hezbolá antes de finales de año. En respuesta, Israel cesa toda actividad militar por tierra, mar y aire en territorio libanés.

Fase 2: En un plazo de 60 días, el Gobierno libanés comienza a aplicar el plan de desarme y despliega fuerzas libanesas en la frontera sur. Paralelamente, Israel inicia la retirada de posiciones estratégicas clave en el sur del Líbano.

Fase 3: En un plazo de entre 60 y 90 días, Hezbolá completa su retirada militar al sur del río Litani.

Fase final: Entre 90 y 120 días, Hezbolá desmantela el armamento pesado y las infraestructuras militares que le quedan, incluidos misiles, drones y centros de mando. Al mismo tiempo, las fuerzas israelíes se retiran completamente del territorio libanés y las fuerzas de seguridad libanesas asumen el control de todas las zonas.

El Líbano ni siquiera se dirige a Israel dentro de los acuerdos

El actual armisticio que se vive en el sur del Líbano no es más que una fachada destinada a preservar cierto control de la situación. El alto el fuego temporal, en el fondo, no refleja una voluntad real del actual gobierno libanés de poner fin al poder de Hezbolá.

Por el contrario, aunque en sus informes parlamentarios el gobierno expresa preocupación por el desarrollo de la amenaza chiita, no demuestra una postura seria ni concreta a la hora de avanzar en el desarme de la organización. Esta ambigüedad política no solo debilita la posición del Estado libanés frente a Israel, sino que también perpetúa una inestabilidad interna que condiciona cualquier intento de solución duradera.

Antes de hablar de paz o de acuerdos sostenibles con el Líbano, resulta necesario adentrarse en su cultura política. Se trata de un país con una trayectoria marcada por la violencia: la guerra civil de los años setenta tuvo un impacto regional profundo y contribuyó a desestabilizar conflictos ya existentes, como el palestino.

Durante ese período, la llegada de Yasser Arafat al Líbano y la implicación de la OLP en el conflicto local no solo alteraron el equilibrio interno libanés, sino que también fragmentaron el liderazgo palestino. Mientras Fatah perdía cohesión y control político, Arafat ganaba legitimidad simbólica en el mundo árabe, a costa de dejar un vacío que más tarde sería ocupado por nuevos actores, como Hamás, que terminarían definiendo la dinámica futura del conflicto israelí-palestino.

Occidente, incapaz de comprender estas dinámicas internas y los efectos a largo plazo de sus decisiones, no supo gestionar el proceso. Con el paso de los años, la situación terminó escapándose de control, tanto en Palestina como en el Líbano.

El persistente anhelo del mundo moderno de imponer un plan que coloque al Líbano e Israel en una supuesta posición de igualdad exigiendo cooperación a Israel pese a su superioridad militar frente a Hezbolá contradice la lógica histórica de los conflictos armados, donde el vencedor suele imponer condiciones. Esta distorsión revela una realidad incómoda: no existe una oposición firme ni coherente contra Hezbolá, ni dentro del Líbano ni en el marco internacional.

El último informe publicado de la reunión del Comité de Asuntos Exteriores, que contó con la participación de miembros del gabinete de seguridad, tuvo lugar en las oficinas del Parlamento libanés y con la presencia del comandante de la FPNUL, el general Diodato Abagnara. Durante el encuentro se abordó el futuro de la frontera sur del Líbano y el cumplimiento de las disposiciones establecidas en el acuerdo de armisticio anteriormente mencionado. El eje central del debate fue la eventual retirada de la FPNUL y el despliegue del Ejército libanés en la región.


Sin embargo, resulta significativo que en el marco de estas discusiones no se haya abordado el rol de Israel como parte del armisticio ni se haya considerado su posición dentro del acuerdo. Por el contrario, el discurso predominante continuó señalando a Israel exclusivamente como el enemigo y principal agresor. Que esta narrativa se mantenga sin una oposición sustancial dentro del propio Parlamento libanés evidencia la ausencia de una postura firme y organizada contra Hezbolá, así como la dificultad del Estado para asumir una posición autónoma frente al conflicto.

El acuerdo menciona el desarme de todas las organizaciones guerrilleras, incluida Hezbolá, bajo la condición de que Israel cese su ofensiva militar. No obstante, según lo publicado por el propio gobierno libanés, Israel continúa siendo tratado como el enemigo principal, mientras que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) ocupan el centro de las acusaciones. Esta postura se explica, en parte, porque el Estado libanés carece tanto de la capacidad como del interés político para entrar en conflicto con la comunidad chiita, que mantiene posiciones de influencia dentro del gobierno.

Mientras los ojos se centran en lo que sucederá con Irán, no debe pasarse por alto el comportamiento de otros gobiernos, especialmente en un contexto de menor presión mediática. El gobierno libanés podría estar respaldando a Hezbolá, aun cuando ante la prensa occidental intente proyectar una imagen diferente.

Nada indica que vaya a ejercerse una presión real para desarmar a Hezbolá

El gobierno libanés evita avanzar en ese sentido principalmente por el temor a desencadenar una nueva guerra civil, similar a la de los años setenta, o a provocar una reacción interna que derive en la toma de control de las instituciones estatales por parte de la milicia, como ocurrió en mayo de 2008 con la ocupación de Beirut. Esta cautela se traduce en una estrategia de inmovilismo político que prioriza la estabilidad interna inmediata por sobre la afirmación de la soberanía estatal. Al mismo tiempo, el discurso oficial continúa señalando a Israel como el principal enemigo, desplazando a Hezbolá del centro del problema y evitando así una confrontación directa con la organización chiita, lo que refuerza su poder y limita cualquier intento real de desarme.

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