Medio Oriente: el tablero que Occidente sigue sin entender

Por: Gastón Saidman

Ese horrífico 7 de octubre de 2023, con el ataque de Hamás contra la población israelí, podría calificarse también como la fecha en la que el mundo dio un giro del que ya no se puede volver atrás.

Para Israel era evidente que, desde ese mismo día, comenzaría una escalada militar como nunca antes se había visto. Sin embargo, su error fue creer que una masacre de semejante magnitud, cometida por la organización terrorista Hamás, cambiaría la visión y la opinión internacional sobre el conflicto israelí-palestino; que el mundo comprendería la cruel realidad de intentar lidiar con la entidad que gobierna Gaza, la misma que tiene como uno de sus principales objetivos la desaparición del Estado de Israel.

Sin embargo, gran parte de la opinión pública internacional, especialmente en el mundo occidental, continúa creyendo una y otra vez que es posible dialogar con quienes hablan un lenguaje que, aunque pueda parecer comprensible, responde a valores profundamente diferentes. Intentaré explicar esos valores en el presente artículo y mostrar cómo esa diferencia de concepción termina produciendo una y otra vez los mismos resultados, sin que la comunidad internacional parezca aprender la lección.

¿Quién es el ganador?

El actual conflicto en Medio Oriente es una guerra en la que los bandos enfrentados tienen percepciones diferentes de lo que significa la victoria. Quienes apoyan el ataque de Trump sostienen que la victoria se alcanza eliminando toda capacidad de acción del enemigo, incluso recurriendo a su destrucción total si fuese necesario, dejándolo en un estado de extrema vulnerabilidad ante quienes puedan ejercer presión sobre él.

El problema surge cuando ese enemigo interpreta la victoria no en función de lo que perdió, sino de cuánto logró resistir y de su capacidad para mantenerse en pie.

Esta es la realidad en la que nos encontramos: el país atacado, en este caso Irán, no solo ha logrado resistir, sino también demostrar a sus aliados que ni siquiera una potencia mundial puede acabar con él fácilmente. Esto no debe analizarse únicamente como un punto a favor en el terreno militar; lo que merece especial atención es cómo este hecho ha influido en los países árabes de la región, donde Irán ha buscado proyectar una imagen de fortaleza, honor y liderazgo.

Al mismo tiempo, Arabia Saudita y otros países aliados de Occidente enfrentan el desafío de mantener su prestigio y su influencia dentro de la región.

Para entender cómo se procesan las dinámicas en Medio Oriente, debemos introducirnos en su historia y analizar cómo las diversas culturas de la región fueron tomando forma y ocupando un lugar a lo largo del tiempo.

Si observamos cómo la cultura griega influyó en la creación de la civilización occidental, con grandes pensadores como Platón, Aristóteles y otros, podemos decir que uno de sus principales aportes a la sociedad moderna fue el desarrollo del pensamiento racional y la búsqueda de una realidad basada en el diálogo, la reflexión y el conocimiento.

En contraste, el Medio Oriente, compuesto históricamente por sociedades con fuertes estructuras tribales y de liderazgo familiar conocidas en árabe como “hamula”, se desarrolló dentro de una cultura marcada por siglos de conflictos, batallas, códigos de honor, venganzas y luchas por el poder.

Hoy, algunos de estos elementos pueden observarse en las actitudes de líderes como el presidente turco Erdoğan y sus ambiciones de recuperar una influencia regional similar a la del antiguo Imperio Otomano. Sin embargo, me permitiré dar un ejemplo a modo de crítica: en muchas sociedades de la región, las dinámicas del orgullo, el honor y la familia continúan siendo factores fundamentales que influyen en las decisiones de sus líderes.

Frente a esta realidad se encuentra Donald Trump, quien, con seguridad y una fuerte presencia personal, proyecta su relación con estos líderes intentando transmitir al mundo la imagen de que es él quien tiene las riendas del juego. No obstante, los últimos acontecimientos parecen demostrar lo contrario: que, en determinados escenarios de Medio Oriente, son precisamente los líderes de la región quienes han logrado influir y condicionar las decisiones de Trump.

Irán está logrando mantener una imagen de victoria al influir en la manera en que se interpreta el conflicto desde Occidente. Mientras algunos sectores occidentales perciben determinados acontecimientos como un fracaso iraní, Irán los presenta internamente como señales de resistencia y fortaleza.

Un ejemplo de ello fue el velatorio de Jamenei, realizado en la ciudad de Kerbala, un lugar de enorme importancia histórica y religiosa para el islam chiita. Allí, la figura del líder fallecido fue elevada por sus seguidores a una dimensión cercana a la de un mártir sagrado, transmitiendo la idea de que los golpes recibidos no representan derrotas, sino sacrificios que pueden ser afrontados y transformados en símbolos de resistencia.

De esta manera, la muerte de un líder no es interpretada como el final de una causa, sino como una demostración de compromiso y continuidad en la lucha.

La hipocresía de los países árabes

Si vamos a criticar a alguien, ese debería ser el enemigo. Pero ¿qué ocurre con países como Egipto o Jordania, que mantienen acuerdos de paz con Israel y son considerados aliados de Occidente? ¿Realmente juegan a favor de la estabilidad regional o también aprovechan el desconocimiento occidental para proyectar una imagen diferente de sus verdaderos intereses?

Estos dos países han logrado mantener una relación fría, aunque funcional, con Israel, especialmente en materia de seguridad y comercio. Egipto, por ejemplo, solicitó en su momento cooperación militar israelí para combatir a ISIS en la península del Sinaí, recibiendo apoyo en inteligencia y capacidades militares. Asimismo, Israel colaboró con Egipto en distintos ámbitos, como el suministro de gas natural, el desarrollo de tecnologías para la desalinización del agua, el impulso al turismo y el intercambio de experiencias para afrontar la pandemia de 2020.


Fuente: Israel en Español

Sin embargo, al mismo tiempo, el gobierno egipcio ha sido señalado por permitir o fomentar discursos antisemitas en distintos ámbitos de la vida pública con fines políticos. Esto responde, en parte, a que el rechazo hacia Israel continúa siendo un elemento de legitimidad dentro de amplios sectores de la sociedad árabe y un recurso que fortalece el discurso de apoyo a la causa palestina. Esa postura también otorga prestigio político en las cumbres del mundo islámico, donde varios gobiernos buscan presentarse como los principales defensores de la creación de un Estado palestino.


Protestas en Egipto en contra de Israel. Fuente: Diario ABC

No obstante, cuando llegó el momento de asumir los costos de la guerra, Egipto mantuvo cerrado el paso fronterizo de Rafah durante distintos períodos del conflicto, limitando la salida de numerosos palestinos que buscaban refugio. Al mismo tiempo, en las calles continuaban escuchándose consignas como «Muerte a Israel», reflejando una profunda contradicción entre la retórica política, las relaciones diplomáticas y la realidad sobre el terreno.

La fatídica ilusión de combinar democracia con religión

En la mesa de discusión sobre política internacional, los países de Occidente alineados con la política actual de Trump pasan por alto que, si bien su discurso puede diferir del de líderes anteriores y de gobiernos de signo político opuesto como, por ejemplo, en el caso de los demócratas y los republicanos, ambos bandos se equivocaron al creer que su política exterior lograría introducir los valores occidentales en países islámicos radicales.
Tanto Barack Obama como Donald Trump, pese a pertenecer a campos ideológicos muy distintos, intentaron abordar esta situación no solo con países islámicos enfrentados a Estados Unidos, como el eje chiita liderado por Irán, sino también con el eje sunita, aliado de Occidente y liderado por Arabia Saudita.

La estructura legislativa de estas dos potencias del Medio Oriente muestra una falsa imagen de un sistema democrático, con un parlamento y un gobierno, supuestamente.


Irán, un país al que muchos consideran un modelo de resistencia política y cuyo liderazgo es defendido por diversos sectores, basa sus leyes y políticas en la doctrina del Wilayat al-Faqih, una teoría islámica chiita propuesta por Ruhollah Jomeini que sostiene que, en ausencia del Mahdi, el gobierno debe estar encabezado por un jurista islámico con autoridad religiosa y política para dirigir y supervisar la comunidad de acuerdo con la ley divina.

Bajo este marco, la soberanía popular queda limitada, ya que la autoridad religiosa se sitúa por encima de las decisiones democráticas. Las elecciones existen, pero están restringidas y no abarcan todos los ámbitos del poder político; por ejemplo, a nivel local pueden reducirse a cuestiones administrativas, como la elección de comités vecinales en los barrios de Teherán.

Algo similar ocurre con el eje sunita encabezado por Arabia Saudita, donde varios gobiernos están influenciados por monarquías como las de Jordania, Marruecos y Bahréin. Estos países cuentan con parlamentos que funcionan como cámaras legislativas; sin embargo, detrás de estas instituciones, muchas decisiones políticas continúan estando condicionadas por los intereses de familias poderosas (hamulot) y de tribus con influencia histórica y territorial.

Como podemos observar, ambos ejes presentan profundas diferencias, y cada administración americana, tanto republicana como demócrata, intentó promover en la cultura política de Medio Oriente ciertos valores democráticos considerados fundamentales dentro del modelo occidental moderno. Sin embargo, tanto Trump como sus predecesores y sus opositores políticos fracasaron en alcanzar un cambio de semejante magnitud.

Cabe recordar que distintos gobiernos occidentales llegaron a la región con una actitud inicialmente favorable hacia la posibilidad de transformación política. Algunas administraciones adoptaron posturas más rígidas y otras más moderadas, pero todas compartieron la intención de impulsar cambios que, en gran medida, fueron rechazados y continúan siendo rechazados por distintos sectores sunitas y chiitas.

Desde determinadas interpretaciones del islam político, la incorporación de elementos externos puede percibirse como una influencia capaz de alterar la identidad religiosa y cultural del creyente, generando resistencia ante cambios que puedan ser interpretados como una amenaza a las tradiciones islámicas.

Un ejemplo de esta dificultad se observó en 2007, cuando la comunidad internacional apoyó el proceso electoral palestino en el que participó Hamas. Desde la lógica democrática occidental, permitir la participación electoral de todos los actores políticos respondía al principio de representación popular. Sin embargo, algunos líderes palestinos, entre ellos Mahmud Abbas (Abu Mazen), advirtieron sobre los riesgos de permitir que una organización con una estructura política, militar y religiosa propia pudiera utilizar el sistema democrático para ampliar su poder. Posteriormente, la victoria de Hamas y el conflicto interno palestino derivaron en una división política que continúa teniendo consecuencias profundas, especialmente en Gaza.

Conclusión:

La experiencia de las últimas décadas demuestra que el fracaso de las políticas occidentales en Medio Oriente no puede atribuirse únicamente a una corriente política determinada. Tanto gobiernos de izquierda como de derecha en Occidente han enfrentado una misma dificultad: ante los ojos de gran parte de la región, Occidente continúa siendo un actor externo con valores, intereses y modelos políticos propios, independientemente de si sus representantes son republicanos, demócratas, conservadores o progresistas.

Quizás el desafío para Occidente no debería centrarse únicamente en intentar transformar Medio Oriente según sus propios parámetros, sino en desarrollar una comprensión más profunda de la historia, la cultura política y las estructuras sociales de la región. Esto no implica abandonar los valores occidentales, sino reconocer que los cambios sostenibles no pueden imponerse desde afuera, sino que deben construirse a partir de las realidades locales. Un enfoque más efectivo requeriría menos ingenuidad y más conocimiento de las dinámicas internas de cada sociedad, creando estrategias que respondan a las necesidades y particularidades de la región, en lugar de intentar adaptar Medio Oriente a un modelo que Occidente considera universal.

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